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Lección #1: Una vida vale más que cualquier ideología — Gotthard Von Stengel

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Lección #1: Una vida vale más que cualquier ideología — Gotthard Von Stengel

Mensaje por Robin S. De Jong el Vie Nov 27, 2015 7:02 am

—Señorita De Jong, es un hombre—aquejó la médico en ese momento.
¡¿Por qué diablos importa eso?! ¡Es una vida, una vida humana que merece ser salvada!

Libertad era algo que en la época actual se podría llamar un privilegio. Una sociedad donde la igualdad no existe y todo se dio vuelta. Saltamos de un machismo retrógrado a un feminismo de iguales características ¿En qué diablos pensaban? ¿Por qué evolucionamos a esto? El diálogo anterior era un fragmento de lo que ocurrió aquel día, donde, ni la misma pelirroja sabía que su vida se volvería un tanto turbia y que de golpe conocería a alguien que puede que le marque. Recuerdo ese día, y comenzaba un tanto, igual a todos los días rutinarios de la fémina.

Levantarse cuando el despertador sonaba, molesto mal augurio. El frío calaba los huesos y eso que estaban en buena época del año. Recordaba como siempre lo que debía hacer, a la ducha, su uniforme, un café para despertar y después atender heridos de guerra, heridos de bala, escuchar llanto, cuidar niños que sus padres se encontraban mal heridos tras intentar llegar a la frontera del Edén Potestad, aunque, para la pelirroja, aquel lugar no era más que una especie de cárcel utópica que no debería existir. ¿Dónde quedaron los momentos de tranquilidad? Donde padres e hijos vivían felices, donde ambos tenían igual cantidad de derechos en donde fuera que sea que estuvieran viviendo. Había que admitir que aquello le molestaba en cierta manera, le molestaba le hecho de que personas adultas no tengan posibilidad de elección. Miraba por la ventana, la ciudad se veía tranquila como siempre. Desvió la mirada hacia la tetera que comenzaba a hervir y caminó a ella. Se sirvió el café de su rutina, lo bebió con suavidad y cuidado de no quemarse y tras eso, hizo correr la ducha, el agua de ésta. Suspiró pesado, desvió nuevamente la mirada. Champú y acondicionador fueron los escogidos aquel día, miraba un tanto desganada, se sentía sola aquel hogar. Una mascota no le haría mal pero, trabajaba y demasiado, era poco el tiempo que tenía libre. Pestañeó nuevamente, quince minutos bastaron para que terminara de ducharse. Suspiró pesado y cogió la toalla, secándose cada milímetro de piel que tenía, su cabello lo arropó en la toalla mientras buscaba su ropa. Un uniforme de color azul marino, una identificación con su nombre y en lo que ejercía. Era curioso eso sí, era jefa de las enfermeras y le gustaba estar ahí, atendiendo  personas, después se encargaba de los papeles. Se estiró y dejó caer su cabello, conectó el secador y comenzó el sonido molesto de éste. Echaba su cabeza hacia atrás, peinándose, y una vez completamente seco, lo amarró en una larga y hermosa coleta. Suspiró nuevamente — Bien, aquí vamos.. —susurró, tomando las llaves de su automóvil y saliendo de aquel pequeño departamento. Suspiró por enésima vez, pestañeó y ya estaba bajando el ascensor, llegando a su auto para salir de ahí. Un Mercedes-Benz, algo nuevo, un pequeño lujo que se pudo dar. Se subió y la rutina de su hogar terminaba aquí.

Quince minutos en el tráfico para llegar a uno de los hospitales más grandes que había en Potestad, donde ejercía su profesión a veces con un sabor amargo. Entró en el coliseo, miraba hacia todos lados y sonreía, saludando a todos, hasta los que nunca eran saludados. Suspiró suave y siguió caminando. Marcó su tarjeta de entrada, colocando su pulgar en la máquina y su ojo derecho. Identificada. Dejó sus cosas en el casillero y se fue a urgencias, donde era su destino el hacer turno ahí. Saludó, amable a cada uno de los enfermeros y médicos, técnicos y paramédicos, sin excepción. El día comenzaba agitado, viendo a heridos, enfermos, cuidando niños, calmándolos, tomando exámenes, pero.. ¿Quién diría que un problemático paciente llegaría? La policía. En realidad, ellos no eran los problemáticos, si no, ese paciente rubio, que tenía pinta a payaso y guasón. Su uniforme era manga corta y dejaba ver muchas de sus cicatrices de cuando fue torturada cuando estuvo prisionera. Tras tomarle los datos por parte de los paramédicos o técnicos, simplemente lo hicieron pasar al box seis. Hasta ahora, la pelirroja cubría los boxes cinco, seis, siete y ocho. Tomaba exámenes y todo lo que un enfermero debía hacer. —Vaya, este si es un nombre extraño —comentó, entrando al box donde estaba aquel rubio paciente.

¿Gott-hard? ¿Lo pronuncié bien? —comentó algo apenada y sonriendo por lo bajo, mientras tomaba un par de notas —Digamos que el alemán no es mi fuerte —comentó entre risas leves, dejando la ficha sobre el mesón. —Te haré el examen físico por ahora, cuando venga él.. Bueno, la médico verá que más hay que hacerte —comentó, mientras lograba divisar una mancha de sangre, roja carmesí —Estás herido ¿no? —comentó, renegando con suavidad. Asomó su cabeza por la puerta, llamando a la doctora—Doctora, habrá que tomarle los niveles de hematocrito y glóbulos blancos.. —comentaba la pelirroja mientras que la doctora entraba y leía la ficha, frunciendo el ceño y viendo que se trataba de un hombre —Señorita De Jong, él no tiene ni derecho a que usted le toque —comentó fría y secante la médico, mientras que la pelirroja quedaba fría de golpe, con los ojos abiertos a más no poder —¿Eh?.. ¿Por qué? Es una persona.. —comentó la pelirroja, viendo la médico mientras que aquella otra mujer, fría le miraba con el ceño fruncido —Primero, es un hombre, los hombres no tienen ni un derecho en Potestad —comenzó a enumerar, y la pelirroja comenzaba a enojarse —Dos, puede ser policía, pero está ingresado como esclavo, los esclavos no tienen derecho a no ser que sean adoptados o cuidados por sus dueños y por lo que se lee en la ficha, él no lo tiene —seguía y la fémina desvió la mirada, mordiéndose el labio y debido a su leve fragilidad, unas lágrimas comenzaron a asomarse poco a poco.. Para ella, una vida era y es más importante que cualquier ideología —Y tercero, no es primera vez que éste hombre viene  a parar acá, muchas hemos tratado de ayudarlo y para ayudarlo hay que adoptarlo y no se dejará, además , ya lo hemos discutido muchas veces, señorita De Jong.. Nos regimos por normas, normas que son para proteger a las personas, a nuestra comunidad, a nuestra pobla.. —seguía y no se callaba hasta que la pelirroja simplemente volvió a mirar fríamente a la “doctora” —¡Me importa una soberana mierda las normas! ¿Es que acaso de un machismo retrógrado pasamos a un feminismo que se comporta de una igual manera? —lo dijo, otra vez —Señorita De Jong, cuide sus palabras—agregó, tratando de controlar sus palabras y a la fémina, al parecer no le importaba mucho que aquel rubio estuviera ahí —¿Qué tengo que cuidar? Él es el que necesita primeros auxilios, yo estoy bien ¿Qué acaso no tuvo ética y moral en la universidad? Debería aplicarla —comentaba, molesta, más que molesta, enojada realmente.

Señorita De Jong, es un hombre —aquejó la médico en aquel momento —¿¡Por qué diablos importa eso!? ¡Es una vida humana, una vida humana que merece ser salvada —alegó, con fuerza y la doctora simplemente resopló —Antes de ser hombres o mujeres, somos personas, somos vidas, vidas que merecemos libertad y merecemos vivir —comentó con el ceño fruncido —Tiene una bala incrustada en su pecho, hay que sacársela y si no lo hará usted lo haré yo —refutó con fuerza —Va a tener que adoptarlo —sentenció la doctora —Cuando tenga los papeles, vuelva al mesón para hacerle los exámenes—se fue, sin decir más y la pelirroja simplemente miró al muchacho sentado —Por favor, déjame adoptarte.. Yo, yo no te puedo dejar en ese estado —comentó, soltando un par de lágrimas de enojo, de rabia —Yo, yo no.. Por favor, no seas terco y déjame ayudarte —le miró de manera fija, no lo haría sin su consentimiento, ella... A la pelirroja, a Robin, le gustaba hacer las cosas bien y por las buenas..
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Re: Lección #1: Una vida vale más que cualquier ideología — Gotthard Von Stengel

Mensaje por Gotthard Von Stengel el Sáb Nov 28, 2015 5:19 pm

Los días de Gotthard arrancan con el motor de su patrulla, mientras aún la bóveda nocturna está lejos de ser clara en este lugar de la tierra. Cuya posición no favorece los amaneceres prematuros, o el calor. Como ya era rutina para él y su compañero, era el rubio de extraño semblante quien toma el lugar del copiloto en la patrulla, asiento que recibe su cuerpo con su abrazo gélido, hostil que a veces le hacen estremecer al sentarse, pero los hombres no se castigan a sí mismos en el cumplimiento de la labor, ambos cargaban con vasos enormes del café americano que preparan en la estación. Las luces del vehículo, que en nada se parecen al modelo usado hace unos años por la policía germana, como la que usaba su padre. Por obra de la casualidad, cuando su compañero entra al vehículo le cobra a Gotthard una segunda remembranza de su progenitor. — ¿De qué hablaba tu viejo cuando estaban en el auto? — Preguntó. Su compañero al igual que él era un ex convicto, entre comillas reformado. Un colombiano con la piel tapizada en tatuajes. — Del Hertha.

Esta escena se distorsiona con violencia, se deforma en los recuerdos con ruidos ensordecedores de estática, y voces irreconocibles captadas en la frecuencia radial. Solicitaban apoyo, eso lo sabe, la voz del compañero brilla en el lapsus del shock propio, y hace todo lo posible por sostener una toalla en su pecho, que anda a saber de dónde la sacó. En el suelo hay más sangre, en las paredes también reluce la presencia del inconfundible fluido, el aire está lleno de su perfume férreo y el de pólvora. — Gott, tranquilo hermano, lo tengo controlado. — Pronto entra en razón.


La camilla al interior del hospital va muy rápido, los intervalos entre bombilla a bombilla son muy cortos. Había perdido a su compañero de vista y nada es muy claro, salvo un punzante calor en el pecho, más parecido a una quemadura que a un cuchillo bajo la piel, y está recobrando con mucho esfuerzo su consciencia tras el ataque. Fuera de la preocupación habían muchas ganas por cobrar la fuerza suficiente en sus piernas y jugar al macho para regresar al sitio y cobrar a la brava lo que le pasó, de eso se aferra el policía para no quedarse por completo dormido repasando el momento, más recurrir de inmediato a aquel instante lo hace chocar contra un muro mental que solo genera dolor de cabeza. — Estaré bien. — Él pronunció pero nadie daría crédito a la palabra de alguien cuyo cuerpo había sido receptor de un proyectil que decidió alojarse en su caliente carne. Los hombres y mujeres en blanco iban y venían, sus ojos secos y sombríos captaban todo como cámaras para un poco alerta consciente.

Conforme enfría su dolor toma caracteres obscenos, duele, como si algo le comiera la piel bajo el paño pastoso que sentía encima de su piel, pero el flagelo mantiene ocupada su cabeza, logra incentivar su lado consciente y trae el aire que necesita su cabeza para llegar más adentro de sus remembranzas. El oficia recuerda el momento preciso de la herida, no lográndolo sin notar como agrava su dolor por el mero factor de la sugestión.  “¿Gott-hard? ¿Lo pronuncié bien?” La radio de la patrulla solicitó con apuro su presencia en unos departamentos para alumnos, reporta con claves lo que se esperaba la primera unidad en atender llamado. Una situación que involucra una mujer armada y dos muertos, reportada al servicio de emergencias  con llanto por un infante. Al arribar con las sirenas encendidas al lugar varios tiros son recibidos en el parabrisas del interior de la casa, pero ninguno atravesó la película blindada de los cristales. El par tuvo que actuar rápido, los llantos de un niño podían oírse desde adentro de la puerta.  Lo siguiente que recuerda al entrar son dos cuerpos. La sola remembranza convierten los ojos del policía en un par de vitrales quebradizos a punto del llanto. — “Gotarrt”… — Corrigió a la enfermera tras caer en la más atractiva pronunciación del nombre en voz de una lengua extranjera, con imágenes de carne en tiras repartida por donde sea, colgando de las paredes, los trocitos de hueso y seso formaban una pasta cruda que tiñe los azulejos del piso, y jura que alguno de los cuerpos aún se movía, quizá por reflejo, o tal vez era su imaginación perturbada por el horror más encarnizado inimaginable, debía poner su mano en el perforado pecho al asegurar con vergüenza que ni la calle, ni la cárcel ni la academia preparó mentalmente al alemán para la carnicería tras la puerta donde se reportó el llanto. La segunda pregunta de la cálida enfermera. Por la naturaleza redundante de su duda uno teoriza que el amargo humor de alemán se habría sentido ofendido, sin restarla naturaleza noble en que fue hecha. Con ella, más que con la doctora que se presentó por oficio a su camilla. Su voz, su voz era eco de la que oyó en aquella casa de la que viene herido, con la que medió algunas palabras antes de tratar de dispararle, pero el colombiano intervino por miedo a la represalia de Potestad contra los asesinos de una mujer, lapso que fue aprovechado por la mujer para herir a Gotthard. Su trasfondo era tétrico, el piso de departamento está tapizado por la sangre de su novio y de su hijo mayor, tan espeso como para dejar una huella blanca al pisarla. Los cadáveres están degollados, no por una guillotina, no hubo una línea limpia que divida la cabeza del cuello, eran más bien retazos de carne. Ella detonó deliberadamente los collares de seguridad en uno y luego el otro. Primero en su novio, por la razón que ustedes quieran, después mató al mayor de sus hijos que reaccionó con violencia al modo visceral de matar a su “héroe”; su padre. Quiso matar al niño, pero por gracia divina olvidó el dispositivo no se activó. Llámelo suerte, sea que ella olvidase la clave o que fuera un defecto del aparato. Ella no dejó de pronunciar claves al azar  y repetirlas durante su arresto queriendo activarlo
Después de eso muy poco importaba si la doctora está en humor para atenderlo. Gotthard ha pasado por todo lo escabroso para percatarse de una cosa, no es el género, la enfermera de cabellos rojos aboga por su teoría. La voz de condena de la doctora era cruel y digna de atribuir a una oficial de Potestad atendiendo a los enfermos. Pero seguro no era muy distinto a la que oían en Auswitch.

El rubio de enorme tamaño solía estar reacio a aceptar tal trato con las mujeres interesadas en su adquisición, pues de primera mano sabe que no es algo a lo que puedas presentar una renuncia por escrito o reportarte enfermo. Una vez firmado no habrá una buena vuelta de hoja y eso sin poner sobre la mesa aspectos de políticas personales, de moral, de honra. Él volteó a la pelirroja, daba muestras de resignación física en su palidez, en sus ojeras, que ganaban terreno en la cara robándole protagonismo al tatuaje de media estrella bajo el párpado por su gravedad. Una parte suya quería levantarse, tomar fuerza de flaqueza para rugir y salir por cuenta propia del nosocomio sin ayuda de nadie pero la fantasía no pegaría tanto en la dignidad de la doctora como verlo recuperarse, de otro modo solo será un cadáver en la puerta del hospital, si es que no se desploma sin vida mucho antes de eso. — Acabo de perder mi libertad. Supongo que es consecuencia de ser un cliente frecuente. — Que no les engañe su voz jovial, no está para nada conforme pero tampoco pudo decir haber perdido algo que no tiene desde hace más de diez años. — Le firmaré sus documentos. — Dijo el policía, con una mueca desafiante en la cara, para aguantar un la incomodidad del disparo. — La vida de una persona parece un precio atractivo para mantener la dignidad. En base a eso Rusia no encuentra donde meter los cuerpos. Usted me demuestra cosas distintas a lo que he visto, y si mi destino está sellado por el azar.  —Tose, empieza a pensar que hablar no es exactamente lo mejor para él en este momento. — Entonces pondré todo mi dinero en usted. — Una mujer hace sonar la puerta en un azote estridente, entrando en el sitio con unos papeles en mano. Lleva por vestimenta un uniforme azul  usa gafas, tenía un aspecto tan frívolo como el de la doctora que no tardó en ingresar tras ella. Como escudándose de la enfermera tras una autoridad fuera del hospital. La mujer que entró tiene en las manos un par de documentos,  un bolígrafo. Pasando por alto a la enfermera, o a la salud del interno lanza su venenosa propuesta. — Oficial Von Stengel. — Su acento era perfecto, casi le gustó oírlo. — Hago presencia ante a usted para tomar su declaración por lo ocurrido esta tarde. Comprendo que no es el mejor momento. — Ajustó sus gafas, dejando los papeles en sus pies. Se ve muy insegura conforme habla, era policía también, y quizá en base a esto era más consciente con lo que pasa. — Pero no vi problemas en solicitarla siendo que la doctora me comunicó que podía comunicarse perfectamente, y el estado me demanda respuesta inmediata. — Parecía una muy mala broma, un abuso, y en cierto modo no podía contestar de mala manera cuando la doctora solo espera una razón para ponerse más dura. — Hablaré, siempre y cuando me ayude con los documentos adquisitivos de un ciudadano varón. — Impuso el policía a su compañera, ella subió sus hombros, abrazando sus demás documentos. Fue la doctora quien soltó una risa más burda, y habló como si él no estuviera presente. — Por favor. No me diga que aún pretende asumir la responsabilidad de este hombre cuando se le está investigando por un posible crimen. — Le dice a la enfermera, casi se lo escupe en la cara con toda consternación. — Debe estar bromeando.
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